Las historias que aquí se cuentan tienen todas una parte de mi. Disfútalas!

jueves, 10 de enero de 2013

Sueños.

Existen sueños de todo tipo. Existen sueños grandes, como el de Jandro. Su cabeza va de un lado a otro, soñando con canciones y guitarras. La tarde con Mimi ha sido espléndida y maravillosa. Ha hecho la música que a él le gusta como a él le gusta. A veces piensa que es difícil encajar con alguien como el, sin embargo la pasada tarde, Mimi y el jóven encajaron como dos piezas de puzzle. En música, canción, letras, influencias, acordes, acompañamientos, filosofía del grupo... ¡En todo! Y no suele pasarle. De hecho le cuesta bastante encajar con la gente en gustos musicales, porque no le gustan los estereotipos. El prefiere divagar por diferentes tipos de música y escoger entre todo ello. Por eso en su MP3 hay pop, heavy, rap, rock, electro, dance, blues, baladas... En fin, un poco de todo. Los sueños de Jandro son grandes. El sueña con vivir de la música. Pero de su música, no de cualquier tipo de música. Le importa poco si hay que vivir en un piso alquilado comiendo un bocadillo. Sin duda la música es su vida, y lo primero en lo que piensa a la hora de escoger.
Existen sueños pequeños, como el de Anne. Ella lo único que desea es casarse, mantener su grupo de amigas, tener niños y fundar una guardería. Le encantan los niños, y si fuera capaz viviría rodeada de esos enanos. Para la morena de ojos verdes los niños son lo más real e inocente de la naturaleza, y en cierto modo se parecen a ella. Son ingenuos, son imaginativos y creativos, tienen sueños... Y eso es lo que ella quiere en su vida. 
Existen sueños reales, como el que está viviendo Álvaro. Desde el día en que quedó a solas con Lidia no puede dejar de pensar en ella. En sus sonrisas, en sus mensajes, en sus saludos y despedidas. Y es que ha sido duro, la primera chica que le da tan fuerte. Jamás pensó que sería capaz de querer tanto a alguien como para superar sus miedos y confesar sus sentimientos. Pero sin duda ella era la adecuada, Lidia, la que le hacía soñar despierto, y le hacía perder la cabeza. 
Y existen sueños rotos... Como los míos, pensaba Jose cada vez que se miraba al espejo. Jamás podría conseguir lo que quería. No solo por las notas, que no eran su mejor aliado. El quería ser, en el fondo, como su padre. Su padre al que odiaba, pero que admiraba. Una extraña sensación que no era capaz de admitir. Desde que era pequeño se había acostumbrado a recibir la educación por separado. Su madre, durante la semana, criticaba la vida de excesos de su padre: el alcohol, las novias, los cambios de domicilio... Durante el fin de semana su padre criticaba la educación de su madre. Sólo te está enseñando el lado bonito de la vida, le decía. Y la vida, hijo mío, no es bonita. Es dura. Es una hija puta si me lo permites. Por eso tienes que disfrutar de las cosas buenas que te da. A Jose le resultaba gracioso que su padre, quien se había pasado toda su juventud sin salir para ser el mejor de su promoción de la carrera de Medicina, dijera eso on 40 años. Suponía que era un Síndrome de la adolescencia tardía o algo similar. Y sin embargo vivía como quería. Pero él jamás llegaría tan alto. Nadie esperaba nada de el. Sería mecánico, o electricista. 
Existen muchos sueños. Pero los protagonistas descubrirán que no todo es lo que parece, y que hasta el sueño más pequeño puede tener una relevancia vital en las vidas de otras personas. El amor, la suerte, el destino, y si; los sueños, son parte del destino de cada persona. Y ahí están, esperándolos.

jueves, 3 de enero de 2013

Paseo en la noche.

Ya es tarde para estar levantado, y más entre semana. Son las 2 de la mañana, y Tito no consigue dormirse. Se acuesta en cama una y otra vez, mira su portatil y su teléfono móvil, pero todo el mundo hace rato que se ha desconectado ya de las redes sociales. Su madre ya le había avisado hace un rato de que se acostase, pero no conseguía conciliar el sueño. Y es que cada vez que cerraba los ojos se imaginaba a Jani y a Jose a la salida del Instituto dándose el lote. Y entonces empezaba a imaginarse otras cosas, y le resultaba imposible dormir. Se levantó y encendió la luz. En la casa de al lado su amiga dormía. Jani no se imaginaba nada similar, pero Tito estaba enamorado de ella desde que tenía uso de razón. Su timidez y su falta de confianza habían impedido que hablara con ella durante años, pero ahora que la relación era habitual lo que le resultaba aún más difícil era mostrarle sus sentimientos. Y era normal. Tito no era el chico más guapo de la pandilla. Su pelo entre moreno y pelirrojo no llamaba la atención, sus ojos verdes quedaban ocultos detrás de las gafas que tenía que llevar casi las 24 horas del día, y era bastante enclenque. Además ultimamente le habían salido unos odiosos granitos en la cara, debido a la dichosa pubertad, que parecía que no se querían ir. Y no solo su aspecto jugaba en su contra, tampoco nadie le había infundido una gran confianza. Sus padres nunca habían esperado nada de el, el hijo mediano de una familia con 5 hijos. Dos de sus hermanos ya estaban en la Universidad, la pequeña sabía tocar 3 instrumentos, dominaba 2 idiomas extranjeros, y él... había repetido curso. Desde aquel momento sus padres dejaron de confiar en él. Olvidaron las clases particulares y los deportes, y lo dejaron a su aire, cosa que en parte agradeció, pues pudo conocer gente nueva y a sus amigos de ahora; pero que por otro lado le hizo sentir infavalorado en su familia.

Decidió salir a dar una vuelta, quizás así se despejaba. El barrio en el que vivía era bastante tranquilo, y no era peligroso salir a altas horas de la noche. Miró al cielo, y apenas se veían las estrellas. Puta contaminación lumínica, pensó él. Fue andando por las casas de los alrededores. Todas tenían animales de compañía, perros que guardaban la casa, conejos, gatos que se escapaban por las noches... Excepto la suya. Su madre tenía fobia a casi todos los animales, en especial a los perros, cosa que su hermana pequeña había heredado. Sin embargo a él le parecían las criaturas mas buenas e inofensivas del mundo, muchas veces mejores que algunos humanos. Siempre estaban dispuestos a acercarse a él, a dar muestras de su cariño y a hacerte sentir mejor. Cuando ya estaba en las afueras de su barrio Tito salió hacia la derecha. Allí encontró un camino no asfaltado por el que ya estaba acostumbrado a ir. Subió alguna cuesta, pero antes de llegar a la cima se sentó a un lado. Ahí si se podían ver las estrellas mucho mejor que en cualquier otra parte de la ciudad. Tito estuvo allí durante bastante tiempo, quizás una hora o hora y media. 

Cuando volvió a casa eran las 3:30 de la mañana. Tito estaba mucho más tranquilo. Sin embargo antes de entrar se encontró, en la salida de la casa de sus vecinos a Jani. ¿Que hacía ella ahí a esas horas? Se preguntó el jóven. Estaba fuera, fumando un cigarro, y no parecía reparar en su presencia. Tito decidió acercarse. Con el corazón latiendo a mil por hora caminó hacia la chica. 

- Hola Jani - saludó el tímido chico
- ¿Que? - Dijo desconcertada la jóven - ¡Tito! ¿Pero que haces tu aquí a estas horas? 
- Pues no daba dormido, así que decidí dar una vuelta. ¿Y tu? No sabía que fumabas.
- En realidad no suelo hacerlo - respondió ella un poco cortada - solo lo hago cuando estoy nerviosa, me relaja.
- ¿Que es por el examen de mañana? - Tito supuso que no, ella solía llevarlos muy bien preparados. 
- No, que va... Problemas... En casa, con Jose, mi vida en general trae problemas - dicho esto se echó a llorar. Era un  llanto silencioso, pero desconsolado. Tenía rasgos de rabia, de tristeza, de contención de sentimientos. 

Tito no sabía exactamente que hacer. No sabía que decirle, que la haría sentir mejor. Así que lo único que se le ocurrió fue abrazarla. No solo quería hacer que se sintiera mejor, era un impulso. Su cuerpo le pedía el contacto de esa chica de forma necesaria, sabía que sino la abrazaba no podría volver a dormir en muchas noches. Ella lloró en su hombro durante varios minutos. Jani no sabía porque, pero siempre había sentido muy cercano a su jóven vecino. Incluso cuando eran pequeños había deseado jugar con el y sus amigos de un curso mayores. Y ahora volvía a sentir esa cercanía, que jamás se había ido. Tito era para ella alguien indispensable en su vida, y deseaba que estuviera ahí siempre, como un hermano, o un mejor amigo.

Después del llanto Jani y Tito se sentaron en la acera y comenzaron a hablar de sus problemas. Jani se sentía insegura con Jose, no sabía muy bien hacia donde tiraba su relación y si a este le importaba. Además no quería dar de lado a sus amigas. Sus padres le acababan de quitar las clases de ballet de los martes, debido a que sus últimas notas habían bajado; y esto había sido la gota que había colmado el vaso, y había hecho que se sintiera triste, con rabia, nerviosa y con dolor. De nuevo se abrazó a Tito. El no sabía que decirle. Nunca había sido un buen consejero, pero se sentía identificado con ella, pues a él le habían quitado sus entrenamientos de fútbol al repetir. Finalmente y tras pensarlo un rato el la cogió de las manos. Hacía mucho frío a esas horas de la noche, y eso le sirvió de excusa para los tembleques de sus manos y cuerpo. La miró a los ojos, y casi fue incapaz de articular una palabra.  Finalmente, con todo el valor que pudo, Tito le dijo: Jani, ahora mismo lo más importante es que te centres en los estudios, si tus padres ven que vuelves a tener buenas notas te devolverán las clases de ballet. Tu no vas a abandonar a tus amigas, y menos por un chico como Jose. Procura dedicarles tempo a los dos, que tienes de sobra. 

Después de los agradecimientos los dos se fueron a dormir. Jani miró hacía la casa vecina y vió a Tito. Saco un boli y un folio, y le escribió: GRACIAS. El le sonrío y escribió en otro papel: BUENAS NOCHES :). Los dos se acostaron, mucho más calmados. Notaban el cansancio y obviamente se durmieron nada más tirarse en cama. Había sido una noche especial.